Hoy morí

Hoy morí. Morí, me fui para no volver. Para mirar de lejos la vida, sin poder tocarla, sin poder sentirla. Sin apegos, sin dolor. Pero lloraba, lloraba de pena, de arrepentimiento. De no alcanzar a vivir más. Y es que me di cuenta de que no he estado viviendo. Digo, sí, he estado, pero llena de miedos y preocupaciones. “Amar sin pasado, vivir sin futuro.” Lloré, lloré, lloré… desconsolada. Aún me duele el pecho… ¡Y el grito, oh el grito! El grito ahogado de vergüenza por no haber honrado la oportunidad de vivir. La oportunidad de saborear la galleta cubierta de canela de la tarta de manzana, sentir la calidez acogedora del chocolate caliente con jengibre cuando recorre tú cuerpo, y de dejarme abrazar una última vez por la brisa del mar.

Morí, y me fui, y lloraba, desesperadamente lloraba, y lo único que lamentaba era que no había estado presente, no había honrado la vida que yo misma me había armado. Lamentaba no haber conectado más, o conectado en absoluto, con cada momento, con cada interacción, con cada oportunidad que la vida me seguía arrojando cual salvavidas.

Disfrutar. Agradecer. Estar. Estar, ¿Por qué resulta tan difícil? ¿Será la personalidad narcisista que prevalece? ¿Esa persona herida en busca de aceptación a través de la perfección? Perfección que es tan sólo ilusión, un espejismo que ni el narciso es capaz de concebir, pero es hacia donde camina. Es tan sólo una persona en busca de aceptación, de seguridad, de amor… pero de sí mismo.  

Y morí, sin haber amado sin pasado, ni vivido sin futuro.

Pero luego, luego todo era un ejercicio. Un ejercicio de meditación. Una oportunidad de la vida para reiniciar, para replantear. ¿Qué semilla quiero plantar y cultivar? Aquella de la conexión y de la intención. Aquella que me permitirá abrazar sin más, entregar sin esperar, dar sin recibir…. Y dar, infinitamente dar.

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